Inteligencia Artificial Generativa en el ámbito legal: lo que hemos aprendido
23 julio 2024

La inteligencia artificial generativa (IAG) ha irrumpido con fuerza en múltiples sectores, y el mundo jurídico no es la excepción. Sin embargo, su recorrido no ha sido ni lineal ni exento de matices. Hacer una retrospectiva de su evolución permite entender tanto su potencial como los desafíos que plantea para el ejercicio del Derecho.
Los primeros usos de la IA en el sector legal, que se remontan a los años 90, estaban centrados en tareas administrativas: automatizar documentos básicos, gestionar bases de datos o facilitar la búsqueda jurisprudencial. Estas soluciones, aunque rudimentarias en comparación con las actuales, sentaron las bases de lo que vendría después.
Fue a partir de la crisis financiera de 2007 cuando el interés por la eficiencia y la optimización impulsó un auge sin precedentes de la LegalTech. Durante este periodo, la IA empezó a ser vista no sólo como una herramienta útil, sino como un motor de transformación del sector. No obstante, las promesas no siempre se cumplieron: muchas soluciones tecnológicas se quedaron en fase piloto o no lograron un uso sostenido.
Hoy, el panorama es más realista. La IAG se percibe como una herramienta poderosa, pero no como una solución mágica. Su verdadero valor reside en complementar —no sustituir— el trabajo del abogado, liberando tiempo para tareas de mayor valor añadido y permitiendo un análisis más profundo y ágil de la información.
Entre 2016 y 2021, la inteligencia artificial generativa comenzó a ganar protagonismo. Herramientas capaces de redactar contratos, resumir expedientes o generar borradores a partir de indicaciones mínimas empezaron a aplicarse en departamentos legales y firmas innovadoras. La tecnología evolucionaba con rapidez, pero la distancia entre la expectativa y la realidad seguía siendo evidente.
En paralelo, comenzaron a emerger preocupaciones éticas cada vez más relevantes. La privacidad de los datos, la transparencia en los algoritmos o la responsabilidad en caso de errores son cuestiones críticas que no pueden pasarse por alto. La sofisticación tecnológica debe ir acompañada de marcos regulatorios y criterios éticos sólidos, especialmente cuando las decisiones automatizadas pueden tener consecuencias legales importantes.
Hoy, el panorama es más realista. La IAG se percibe como una herramienta poderosa, pero no como una solución mágica. Su verdadero valor reside en complementar —no sustituir— el trabajo del abogado, liberando tiempo para tareas de mayor valor añadido y permitiendo un análisis más profundo y ágil de la información.
El futuro dependerá, en buena medida, de cómo se integren estas herramientas en el día a día del trabajo jurídico. Y eso pasa por algo más que adquirir software: requiere visión estratégica, formación continua y una ética profesional que guíe su uso. Solo así podremos aprovechar el verdadero potencial de la inteligencia artificial generativa sin renunciar a los principios que definen la práctica del Derecho.
Este texto es una versión adaptada del artículo original publicado en el Blog de Innovación del Consejo General de la Abogacía Española. Puede leer el artículo completo aquí.