La superficialidad de las redes sociales

17 mayo 2022

El anuncio de Elon Musk sobre la compra de Twitter por 44.000 millones de dólares —y su posterior suspensión por dudas sobre el número de cuentas falsas— nos dejó más que cifras llamativas. Puso de manifiesto la magnitud de un problema que afecta no solo a esta plataforma, sino al ecosistema digital en su conjunto: la creciente distorsión entre lo que las redes sociales prometían ser y en lo que realmente se han convertido.

Nacidas como espacios de encuentro y libertad de expresión, las redes sociales fueron recibidas con entusiasmo como una especie de ágora moderna, donde la ciudadanía —y también los juristas— podían compartir ideas, debatir y establecer conexiones antes impensables. Y, sin duda, han cumplido parte de esa promesa: permiten acceder rápidamente a información relevante, crear redes profesionales e incluso abrir el pensamiento jurídico a otras disciplinas.

Sin embargo, junto a estos beneficios, las redes están fomentando dinámicas superficiales, autoreferenciales y emocionalmente adictivas. Conductas aparentemente inofensivas —como compartir cada instante de ocio, éxito profesional o vida familiar— esconden, muchas veces, una necesidad más profunda: la de obtener reconocimiento. No se trata solo de comunicar, sino de ser vistos, aprobados y validados.

Las redes sociales permiten acceder rápidamente a información relevante, crear redes profesionales e incluso abrir el pensamiento jurídico a otras disciplinas. Sin embargo, junto a estos beneficios, las redes están fomentando dinámicas superficiales, autoreferenciales y emocionalmente adictivas.

Diversos autores, como Nicholas Carr y Michel Desmurget, han abordado las consecuencias cognitivas de esta transformación digital. En sus libros, Superficiales y La fábrica de cretinos digitales, denuncian cómo la exposición constante a las redes altera nuestra capacidad de concentración, empobrece el lenguaje y debilita la reflexión profunda. Nuestro cerebro, dicen, se adapta a un entorno de atención fragmentada, favoreciendo el juicio rápido en detrimento del análisis sosegado.

En el mundo jurídico, este fenómeno también tiene su reflejo. Abogados, fiscales, profesores y jueces —profesionales tradicionalmente asociados al pensamiento crítico— se ven arrastrados por la lógica de la visibilidad, compartiendo escenas cotidianas, gestos autocomplacientes o frases motivacionales que poco aportan al discurso jurídico. Lo llamativo no es que ocurra, sino que ocurra tanto.

¿Estamos publicando para compartir conocimiento o para ser reconocidos? ¿Para conectar o para afirmar nuestra presencia? ¿Y qué precio estamos pagando en términos de profundidad, privacidad o autenticidad?

El diseño mismo de las plataformas parece incentivar esa búsqueda de aprobación constante. Likes, corazones, comentarios y seguidores no son herramientas neutras: activan centros de placer en el cerebro y refuerzan hábitos que se vuelven difíciles de abandonar. Las grandes tecnológicas lo saben —y lo explotan— con precisión quirúrgica.

A pesar de todo, no se trata de demonizar las redes sociales ni de exhortar a su abandono. Algunos de sus creadores más críticos ya abogan por un uso responsable, consciente y limitado. Tal vez el camino no sea desconectarse por completo, sino reaprender a usarlas: con moderación, con criterio y, sobre todo, con intención.

En definitiva, las redes sociales nos ofrecen un espejo. Pero, como todo espejo, no solo refleja: también deforma. Y en esa distorsión, vale la pena preguntarse qué imagen queremos proyectar… y por qué.


Este texto es una versión adaptada del artículo original publicado en el Blog de Innovación del Consejo General de la Abogacía Española. Puede leer el artículo completo aquí.